Sentimiento de culpa. 

Para ser buena madre tienes que pasarlo mal. Anoche Inés durmió toda la noche, qué bien, ¿no?, pues no. Es decir, bien para ella y claro, para mí también, ¿pero no voy y me siento mal yo? Porque el caso es que yo también he dormido toda la noche, normal, estaba agotada, pero parece que si lo pasas mal eres más madre, todo el mundo te dice que cuando eres madre ya no vas a dormir igual. Cualquiera dice que anoche durmió bien con esa presión.

El caso es que me he dado cuenta de las ganas que tiene el ser humano de pasarlo mal. Pero es por culpa de la competitividad, ¿que tú tuviste un parto malo?, buf, el mío fue peor; ¿que tuviste grietas en los pezones?, pues yo tuve una mastitis; ¿que tu bebe llora todas las noches de 1 a 2?, que va, el mio toda la noche. Esto se puede aplicar a cualquier ámbito de la vida por supuesto, pero como es la maternidad la que nos ocupa, pues eso.

Cuando eres madre novata pasas por un montón de emociones, tu vida es una montaña rusa y la culpabilidad siempre está presente. Ahora mismo estoy escribiendo esto mientras el padre de la criatura intenta calmar una perrera de las gordas. Y yo pienso, ¿por qué llora?, porque no comió bien, porque no le saqué bien los gases, y mil cosas más que se me están pasando por la cabeza. Pero a lo mejor no es nada de eso, si está limpia, alimentada, en fin, tiene las necesidades básicas cubiertas, pues quizá simplemente necesita desahogarse. Pues esto es lo último que se nos pasa a los padres por la cabeza, el caso es flagelarse. Y no ayuda nada el que todo el mundo opine; no sé si se han dado cuenta, pero es algo que se repite en las entradas de este blog: desde que le comunicas al mundo que estás embarazada hasta que tienes a tu hijo en brazos vas a oír muchos, muchos consejos. Y a veces te harán dudar de ti misma y de cómo estás llevando las cosas, porque, por mucho que creas que eres una persona con sentido común y seas consciente de esto que estoy diciendo, da igual, siempre va a haber una parte de tu cerebro que piense: ‘¿y si fulanita tenía razón y no tengo suficiente leche y tengo que darle un biberón?’. Pues yo te digo, mamá novata: sé fuerte, no dejes de repetirte que lo estás haciendo bien, porque será la verdad, nadie conoce a tu hijo mejor que tú.

Desterremos la culpabilidad y si duerme toda la noche, pues disfrutemos, que nos lo hemos ganado.

Firmado: Mamá

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Vértigo

Escribí esto hace bastante tiempo ya, sirva como entradilla para este blog. 

Vértigo. De repente casi estoy entrando en el tercer y último trimestre y casi ni me he dado cuenta. Todo ha sido diferente a como me esperaba. Es verdad que he tenido, o mejor dicho, estoy teniendo un embarazo estupendo; y más estas últimas semanas, que me encuentro con más energía. Pero también es verdad que al final no he hecho nada de lo que se supone que hacen las embarazadas, no he ‘vivido’ mi embarazo como una etapa crucial en mi vida (que lo es), no me he sacado fotos de la tripa cada mes, en definitiva, creo que todavía no he hecho eso que dicen de ‘disfrutar de tu embarazo’. Es más, me propuse escribir un blog con mis ideas y reflexiones acerca de todo este asunto y no lo he hecho, sencillamente por falta de tiempo. 

Desde que supe que estaba embarazada, allá por principios de verano, mi idea ha sido: cuando me den la baja haré un montón de cosas, podré dedicarme a hacer una línea de Elektra en condiciones, me apuntaré a la piscina, me apuntaré a la Uned para sacar una asignatura, en fin. Pues bien, nada de eso, aún no tengo la baja, el trabajo se ha complicado muchísimo y de repente esta noche lo veo todo en el aire, y mi barriga sigue creciendo, y yo sigo sin ‘disfrutar de mi embarazo’, aunque igual es que no sé cómo se hace eso. 

Lo único que sé es que cada vez veo más cerca el final de esta etapa de nueve meses que se están pasando a la velocidad del rayo, y que a mi, de repente, me han entrado unas ganas locas de hacer cosas: viajes, conciertos, lo que pille, porque creo que en febrero, o antes, voy a crecer de golpe y siento como si de repente mi vida ya no va a ser mi vida, como si ya no fuera a divertirme nunca más, como si fuera a ser otra persona a partir del nacimeinto de Inés. Y eso me asusta porque me gusta como soy y me gusta lo que tengo ahora en mi vida. 

Me gusta comprarme libros ilustrados, me gusta comprarme figuritas infantiles y cualquier cosa naif que pueda colocar en algún rincón de mi casa o colgar en alguna puerta. Me gusta reírme con Domingo y hablar tonterías y sin tapujos. Me gusta tener el coche lleno de cosas, me gusta mi lavadora fucsia y mis láminas tímidamente ofensivas colgadas en el salón. Me gusta tener banderitas de cumpleaños en las paredes y fotos mías en sujetador en la puerta del comedor. 

Pero a veces pienso que en febrero, o antes, con la llegada de Inés, voy a tener que meter todas esas cosas en una caja y guardarlas para siempre. Pienso: mi madre no tiene una lavadora fucsia en el salón, ni cubiertos colgando de una lámpara; ella tiene una colección de teteras y muchas cajas en el altillo. 

No quiero convertirme en una madre, quiero ser la madre de Inés, pero seguir siendo yo. No me gustan los cambios, nunca me han gustado y este será el mayor cambio de mi vida con diferencia, y lo he decidido yo, curioso, ¿no?

Esto lo escribí allá por octubre de 2015. Ya ha pasado tiempo, por fin #InésIsHere, la lavadora fucsia sigue en su lugar, pero todo ha cambiado (para mejor). Creo que es el momento de escribir este blog, para que papá y mamá puedan expresarse, porque hay mucho, pero mucho que contar sobre paternidad. 

Firmado: Mamá